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En el prado comunal de Ribadelago, oloroso a menta y rodeado de castaños y robles seculares, próximo al río Tera, que se remansa después de brincar por los torrentes antes de entrar al lago, junto a un tosco puente de madera, que en un milagro de equilibrio da paso a los espectadores, se levantaba un tablado sobre el que los concursantes se disputaron los premios concedidos. Durante dos horas oímos rondas varoniles, las bravía rondas llenas de arrogancia con que los galanes cortejaban, no hace mucho, a sus damas. “De San Cirpián a Trefacio –de noche vengo por verte- las nieves no me acobardan- y hasta los lobos me temen”, dice una de ellas; oímos las canciones de las “majas”, que es la faena de golpear la mis en los largos manales, pues aquí no se trilla; los romances cantados y recitados, entre los que destacó “La loba parda”, con su pastoril sabor y su melodía que nos trae a la memoria el acompañamiento de rabel, oído en nuestra niñez a los pastores de Porto; y las sentidas melodías de gaita y las picarescas seguidillas y coplas del baile, cantadas por las mozas, y luego la belleza de los ricos trajes, que desgraciadamente van desapareciendo, pues son contadas las familias que los conservan.
Se repartieron dos docenas de premios a los mejores cantores, bailadores y gaiteros, a los mejores recitadores de romances y a las mozas mejor ataviadas con el traje del país. El premio DESTINO fue para Ángel de Anta, de San Juan de la Cuesta, que recitó el poco conocido romance “El cura y el milagro”.
Las actuaciones más destacadas fueron las de los cantores de rondas y a las de lso grupos de baile, ya que ambas costumbres todavía perduran en los apartados rincones, lejos de lo que se ha dado en llamar civilización. Y, fuera de concurso, la del señor cura de Ribadelago, que, dando un alto ejemplo de comprensión, de sentido de educación y de entusiasmo por las honestas expansiones, cantó varias canciones sanabresas, para estímulo de la juventud.
El Jurado estaba integrado por el maestro Haedo, director de la Real Coral de Zamora; el secretario de de la Asociación Zamorana de Bellas Artes, el mencionado párroco de Ribadelago, el diputado provincial señor Monterrubio, el seño Barceló, propulsor de estos concursos, y por el autor de estas cuartillas.
Un éxito en lo que supone mantener vivo el entusiasmo por todo lo que es característico, y una esperanza, pues los organizadores estamos seguros de que hay instituciones culturales relacionadas con la música y el folklore en general que aportarán su cooperación y sacarán provecho de estos intentos de un grupo de hombres de buena fe, amantes del pueblo y de sus tradiciones.

J. GALLEGO MARQUINA.

Lago de Sanabria, septiembre

Mozas de Sotillo y de Quintana. Alegres repicadoras de pandero en bailes y seranos; mozos de Murias y de San Ciprián, los que para rondar atraviesan de noche montes y barrancos donde acecha el lobo; pastores de Hermisende y de Barjacoba, lso que trashuman con las merinas y dejan la sierra triste y oscura; viejos gaiteros de Pedralba, de Ungilde y de Rionegro, los que alegran las fiestas tradicionales desde la Sierra Segundera hasta la de Peña Negra, desde Peña Trevinca hasta Aliste, hoy han tenido por escenario de su actuación la más hermosa escenografía que la naturaleza les pueda deparar.
A la memoria de Kurt Schinle, músico norteamericano, que tan bien conocía esta comarca.

Hace pocos años, pasando la temporada estival dedicado a pintar los bellos parajes que rodean el Lago de Sanabria, me encontré con tres estudiantes de Filología, uno de los cuales es nieto de don Ramón Menéndez Pidal, que se disponían a recoger en cinta magnetofónica canciones, romances y melodías del acervo foklórico de aquella comarca zamorana.
Unos ingenieros que allí realizaron obras patrocinaron una reunión que facilitase la tarea de aquellos muchachos y a ella asistieron gentes de los pueblos inmediatos, Galende, Ribadelago y San Martín de Castañeda, pero casi solo el que esto escribe fue capaz de cantar las castizas tonadas del país, pues a toda aquella gente, joven en su mayoría, y que por desgracia ya padecía la infección de las insulsas y decrépitas musiquillas que a través de la radio y la gramola ponen en boga mestizos, mulatos y seudo gitanos, les parecía que las viriles canciones de sus abuelos eran cosas de viejos, y que la juventud progresiva no debía parar mientes en tales antiguallas.
Aquella fracasada reunión de los indígenas me sugirió la idea de organizar, cuando pudiera, un concurso de folklore de aquella comarca que fue tan rica en costumbres, canciones, danzas e indumentaria. Y ésta es la génesis de estos concursos que un grupo de entusiastas, enamorados de la bella Sanabria, hemos organizado para reanimar y vigorizar todos los valores auténticos del folklore, del verdadero folklore, esto es, de lo que es obra del pueblo y está en su médula, en oposición a lo que se ha dado en llamar folklórico y se ve en los escenarios en espectáculos más o menos chabacanos, y que no es más que un enfermizo remedo de lo popular.
Sumando aportaciones económicas en forma de premios de unos, el trabajo de otros y el entusiasmo de todos, hemos llegado a celebrar el I Concurso de Canciones y Bailes de Sanabria, el 15 de Agosto del año anterior (1952), y de sus experiencias, errores y aciertos ha florecido este II Concurso, del que seré fiel cronista, tal vez un poco apasionado, por haber sido parte activa en su organización.

El Lago de Sanabria se alegró con los rumores de una gran multitud de sanabreses, deseosos de oír sus canciones tradicionales en este certamen que, aunque solamente se ha celebrado otra vez, está en el alma de todos.
Desde las primeras horas de la mañana se veían venir por las trochas y caminos de la cuenca del Lago grupos de gentes que iban ocupando lugares placenteros  en las laderas cuajadas de robles, en los alegres y frescos prados, en los rincones sombríos donde canta el agua de la fuente, o en las proximidades de las playas y rocas cerca de las cuales mansa y profunda invita al baño.
Los cánticos, las voces, los “aturrios” (por aquí llaman así al aturuxo gallego, el jijeo, el grito ancestral característico de todos los países montañosos) y, sobre todo, las suaves y acariciadoras melodías de las gaitas celtas, animaban y alegraban hoy estos bellos parajes y les daban una inusitada vida, que contrataba con la quietud y majestuosos silencio de cada día.
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II Concurso de Canciones y Bailes de Sanabria
A continuación, comenzamos esta sección de artículos con uno extraido de la revista 'Destino', fechado el 23 de septiembre de 1953. Se puede consultar el original pinchando aquí.

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